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Los cuentos de Viento del Sur

Leyendas del Anahuac

Libertad

Mientras el perro corría alegre, jugueteando por los verdes pastos, un lobo se aproximaba lentamente hacia él.

Cuando lo tuvo suficientemente cerca, gruñó y le dijo:
– hermano, ¿por qué odias la libertad?

El perro sin entender lo que decía su primo lejano, respondió:
-No la odio. Me gusta correr libre como el viento

El lobo, con aires de superioridad, le dijo:
-Claro que la odias. Vives encadenado a los humanos. Vas a donde ellos van, comes lo que ellos te dan, y por todos los cielos, siempre que te alejas de ellos surge en ti una necesidad enferma de regresar. ¿Por qué no te liberas de ese yugo y vuelves con tu manada?

El perro caviló un poco y dijo:
-¿Crees que debería volver con mi manada y dejarme de tonterías?

-¡Por supuesto! – exclamó el lobo entusiasmado

El perro sonrió y se dio la vuelta, trotando feliz hacia la cabaña de los humanos.

-¿Qué demonios estás haciendo? -vocifero el lobo

El perro miró hacia atrás una última vez y dijo: – La libertad esta en las decisiones, no en las palabras. Ven conmigo, te mostraré

Aunque lo consideró un par de segundos, el lobo decidió no seguir a su primo. No podía marcharse así como así. Las reglas de la manada eran muy estrictas y el no sería el primero en quebrantarlas.

Carrera a la libertad

 

 

Después de tirar a su amo, el caballo decidió galopar hacia la libertad. Corrió durante horas sin detenerse. Dejo atrás los verdes pastos de la granja. Abandonó los deliciosos arboles de manzana y decidió que podía vivir sin su mullido lecho de paja. Galopó hasta que se le secó la garganta. Extrañó por un segundo los frescos cubos de agua que le ofrecían para calmar la sed. Pero continúo avanzando. Sus ojos se nublaron un poco, le faltaba energía. Echó de menos su roca de sal y los dulces pedacitos de azúcar que le daban como premio por haberse portado bien. Pero no detuvo su carrera. Notó un extraño calor en las patas. La cálida pradera ahora parecía estar hirviendo. Era como si todo quisiera jugar en su contra. Pensó que tal vez era hora de regresar al establo y dormir un poco. Pero pronto recordó que había dejado aquel mundo atrás. Relinchó con furia y lanzó una maldición equina contra sí mismo. Quizá se había equivocado. Si, estaba sometido a los humanos, pero al menos tenía un techo donde pasar la noche. Si, en la granja no tenía voluntad, pero si tenía manzanas, sal y azúcar siempre a su disposición. Si, allá lo tenía todo, y aquí, no tenía nada, solo su libertad…
Desfallecía… ya no podía correr más… justo en el momento en que estaba decidido a regresar derrotado a la granja, un débil brillo surgió en el horizonte. Era azul, hermoso, cristalino… ¡era agua! A solo unos metros, un interminable lago parecía llamarlo. El caballo relinchó de gusto y corrió hacía el agua. Bebió hasta que se le inflamó el estómago. Se puso de pie y se dio cuenta de que estaba rodeado por pasto. Era curioso que no lo hubiera notado. Comió hasta hartarse y decidió que era hora de descansar.
Se echó en la hierba y se dejó cobijar por las estrellas. Durmió plácidamente y ya nunca despertó.
Aquel había sido su último viaje. Él nunca supo que aquel día planeaban sacrificarlo. Era demasiado viejo, y se había convertido en un estorbo dentro de la granja. Lo iban a llevar al establo, a descansar en su mullido lecho de paja. Planeaban darle unas manzanas como ultima cena. Y para tranquilizarlo, le obsequiarían los últimos pedacitos de azúcar que iba a probar en la vida. Luego le darían un balazo en la sien…
Él nunca supo que no había huido de su destino, sino que más bien, había ido a encontrarlo.
Murió como nació, libre. Y eso ni todas las comodidades y lujos del mundo pueden superarlo.

 

Una noche para la venganza






Al fin, después de tantos años, podía mirarlo a los ojos una vez más. Solo que en esta ocasión, todo sería diferente.

La última vez me tuve que comer el coraje. Saturé mis venas de decepción e impotencia, y aunque tenía ganas de llorar a moco tendido, me aguanté como los machos y no dejé escapar más que una sola lagrima.

Y esa fue suficiente para que ese infeliz me llamara "chamaco chillón". Todavía recuerdo la risa de ese tipo nefasto señalándome.

Lo miré a los ojos y todo quedó bien claro. El no sentía el más mínimo remordimiento por haber matado a mi papá.

"Así eran las luchas" dijo. Dio la media vuelta y se encaminó a los vestidores como si nada hubiera pasado, mientras mi papá yacía tirado en el suelo, con un charco de sangre rodeando su cabeza.

La prensa se dividía entre los que querían fotografiar al nuevo campeón de los pesos pesados y los que querían llenar la primera plana de sus diarios con una imagen del todavía fresco cadáver.

Así eran las luchas... Ayer héroe, hoy occiso. Víctima de un vuelo desde la tercera cuerda, mi padre fue objeto de un lance a traición de un técnico, que de técnico, no tenía nada...

Ahí acabo la vida de mi papá, en un segundo, en un instante, en un suspiro...

Al otro día nadie lo recordaba. No había quién mencionara al Relámpago Carmesí, pero todos hablaban del "Cataclismo". Hasta le pusieron el apodo del "Asesino de Leyendas"...

Así eran las luchas...

El "Cataclismo" no solo acabó con mi padre, también terminó con nuestras vidas. Mi mamá tuvo que aceptar otro trabajo, prácticamente dejamos de verla. Yo tuve que dejar la escuela apenas terminando la secundaria para hacerme cargo de mis hermanos y mi abuela se murió de la tristeza poco a poco, mirando la foto del "Relámpago Carmesí" todas las noches hasta quedarse dormida, hasta que un día, simplemente ya no despertó.

Me prometí recobrar el honor de mi familia. Tomar venganza en nombre de mi papá, de mi abuela, de mi madre y de mis hermanos.

Y el único camino legal eran las luchas. Las mismas que me habían quitado a mi papá, esas serían las que me lo devolverían.

Al menos en cierta forma.

Entrené por años. No salía del gimnasio más que para trabajar. No dormía, mejor hacia lagartijas. No me divertía, en su lugar hacia sentadillas.

No sentía nada. En mi mente solo había rencor, dolor y melancolía.

Y después de 57 victorias en el ring, el "Relámpago Carmesí Jr.” al fin había alcanzado su objetivo.

Me dejarían enfrentar a mi máximo enemigo, a mi eterno rival, al todavía técnico, “Cataclismo”...

Esa noche, al entrar en los vestidores, diseñé mi plan. Era rudo, así que podía hacer todo tipo de trampas y marrullerías y nadie me lo impediría. Lo iba a dejar ganar la primera caída, luego en la segunda lo iba a someter con llaves dolorosas hasta rendirlo. Y en la tercera caída le iba a reventar una silla en la cabeza. Con dos o tres golpes bastaría para matarlo.

Era el plan perfecto...

Sonreí. Todo iba a salir bien. Me amarré las agujetas de las botas, y cuando iba a hacer lo mismo con la máscara, oí que alguien tosía en el otro vestidor. Era una tos seca y rasposa. Fuera quien fuera parecía que se le iba a salir un pulmón. Me asomé con cuidado para ver al autor del sonido, y mi sorpresa fue mayúscula...

Era un anciano... Vestido como el "Cataclismo"... No, más bien, ese anciano era el "Cataclismo"...

Mi archienemigo era un viejo decrepito cuyo sello personal era una tos horrenda y preocupante. Cuando me disponía a acercarme para hacerle burla, un muchachito de unos 11 años se aproximó a él con un inhalador. El viejo aspiró profundamente mientras el chico lo miraba con preocupación.

Di unos pasos hacia atrás y decidí concentrarme en la lucha. No iba a dejar que los estúpidos problemas familiares de mi enemigo arruinaran mi noche.

Minutos después, subimos al ring. Nos miramos retadores. Yo, ansioso de venganza. El, burlón, igual que hace 16 años cuando asesinó a mi padre...

Me señaló y me llamó "chillón". Alzó las manos pidiendo el apoyo del público. La gente le aplaudió hasta cansarse...

Y a mí me abuchearon hasta que se les agotó la voz... ¡Para lo que me importaba! Yo estaba ahí para cumplir mi venganza, no para cosechar aplausos de malagradecidos que no volvería a ver en la vida.

Ahí estábamos, frente a frente una vez más. Y empezó la primera caída.

El “Cataclismo” se lanzó al ataque impulsándose con las cuerdas, al tenerlo enfrente le metí el brazo para tirarlo.

¡Y azotó en el suelo!

Ahí me di cuenta que yo era mucho más fuerte. Lo paré de la máscara y le puse un manotazo en el pecho, luego otro, ¡y luego otro! Lo tumbé otra vez, y al verlo en el suelo, me ensañé dándole patadas en el hombro...

Lo vi retorcerse de dolor... Justicia divina... Lo dejé sufrir un poco en la lona. Me aproximé a una esquina y luego subí a la segunda cuerda. Me paré de frente al público y los provoqué golpeándome el pecho:

"¡Ahí está su ídolo! " grité. Y el público enfurecido me insultaba como si sus vidas dependieran de ello.

De repente sentí un golpe en la espalda. El Cataclismo se había levantado, quería otra golpiza...

Dejé que me diera un par de empujones. Luego brincó para darme una patada voladora, pero era demasiado lento... Me quité con mucha facilidad...

Me estaba gustando verlo en el suelo. Le brinqué encima con ambos pies. La "estaca" gritó el narrador... ¡Qué estaca ni que nada! Eso no tenía nada de técnica, había sido pura saña...

Lo tomé del brazo y le pasé la pierna encima con un giro. ¡Pegó tremendo grito! Lo estaba castigando en serio... Pero ya me estaba aburriendo... Así que lo puse en el suelo de espaldas y le regalé al público un final de fotografía...

Le agarre los brazos con fuerza, los jalé hacia atrás y pise sus piernas, luego me aventé hacia atrás...

¡La Tapatía! Gritaron emocionados los cronistas. El “Cataclismo” apretaba los dientes con fuerza para que la lengua no lo traicionara con una rendición no deseada... Pero sus manos no pensaban lo mismo, y mientras lo tenía levantado en vilo, de cara a las lámparas, se agitaron con desesperación hacia arriba y abajo para decirle al referee que se rendía.

¡Pero qué día! Todo me estaba saliendo perfecto. Tanto que ni siquiera me dieron ganas de dejarlo ganar una caída. Lo iba a hacer puré en la segunda...

Me acerqué a mi esquina para descansar un poco y provocar al público otra vez. Curiosamente, nadie decía nada ya, todos me miraban, pero ya no con furia, solo con temor...

¿Qué estaba pasando?

Me di la vuelta y miré al “Cataclismo” justo a los ojos. Su máscara amarilla estaba manchada de rojo...

¡Era sangre!

Sangre... No supe en que momento lo había hecho sangrar...

Estaba encorvado, y jadeaba. Tenía un ojo medio cerrado y la pierna izquierda le temblaba.

Tragué saliva. Eso ya no me estaba gustando. Tenía que terminar con mi venganza cuanto antes...

Lo sujeté de la cabeza y lo estrellé en una esquina. Se estaba tambaleando, así que aproveché para tomarlo del brazo y lanzarlo contra las cuerdas, al verlo venir hacia mí lo impacte con una patada "a la filomena".

Un ruido seco me avisó que mi rival había caído al suelo. Lo vi de reojo. Respiraba con mucha dificultad...

Esta no era la venganza que esperaba, ¡el tipo ni siquiera estaba metiendo las manos!

Sacudí la cabeza, ¡no podía echarme para atrás ahora!

Lo cargué y me acerqué hacia una esquina del ring. Subí dos nudos y me dispuse a lanzarlo. Ahí se iba a terminar todo. En ese último lanzamiento lo reventaría contra las butacas. Si, quizá el público saldría lastimado también, pero, ¿A quién carajo le importaba eso? Si te sentabas en primera fila en la arena, te arriesgabas a que te tocará un inesperado pero bien merecido madrazo...

Puse todas mis fuerzas en los brazos, y logré levantarlo por encima de mi cabeza... Los flashes de las cámaras centelleaban a cada segundo. El público había revivido y me gritaba mil y un groserías. Hubo incluso una señora que me arrojó un vaso de cerveza.

Ese si era el escenario ideal de mi venganza, solo restaba arrojar al “Cataclismo” hacia el público...

Sin querer miré hacia la izquierda. Ahí estaba él. El chiquillo que había visto en los vestidores. Estaba llorando. No hacia ni siquiera el intento por contener sus lágrimas. Solo abrazaba con desesperación una bolsa con medicinas. Sus dientes castañeaban, presas del miedo y la confusión.

Hice cuentas. Hace 16 años mi papá tenía 38. El “Cataclismo” era un poco mayor. Quizá hoy día tendría 56 o 58 años. Ese muchacho era su nieto...

No, ese chico no era su nieto, ese muchachito era yo...

En sus ojos vi lo mismo que yo había vivido hace 16 años. Y no era justo que esa escena se repitiera nuevamente.

Si me vengaba, no estaría matando al Cataclismo, estaría asesinando a un padre, a un hermano, a un tío, a un abuelo...

Y eso no traería a mi padre de vuelta...

Cerré los ojos y bajé de las cuerdas. Me maldije a mí mismo por lo que estaba a punto de hacer...

Le di la espalda al público y deposité a mi enemigo en el suelo. Con un brinco descendí del cuadrilátero y me quede frente a él, cruzado de brazos.

El referee contó hasta 20. No subí. Perdí la segunda caída.

Empezó la tercera caída y seguí impasible. El referee volvió a contar. Y durante 20 segundos nadie respiro siquiera en la arena. El “Cataclismo” seguía tendido en la lona, pero después del conteo, el contrariado referee me observó confundido y levantó la mano de mí rival.

La gente se puso de pie y comenzó a aplaudir...

Me di la vuelta y caminé hacia los vestidores. Cuando iba a la mitad del pasillo, la gente comenzó a gritar:

"¡Relámpago, Relámpago, Ra Ra Ra!"

Eso tampoco lo esperaba...

Ese día, no fue Cataclismo quien había ganado...

Tampoco había triunfado yo...

El único verdadero campeón de esa noche había sido mi papá....











 

 

Un día de suerte

Hoy me levanté con la pata derecha. Apenas abrí los ojos me empezaron a suceder cosas buenas. Por alguna extraña y curiosa razón, amanecí calientito. Desperté completamente cubierto por una prenda humana de corte afelpado y agradable olor. No sé si cayó desde una ventana, ni tampoco si alguien simplemente la tiró por considerarla basura, o si alguien la perdió sin siquiera darse cuenta. Yo prefiero pensar que un humano compasivo me vio temblando de frio en medio de la oscura noche y se apiado de mí, deshaciéndose de una prenda útil para él, pensando que su regalo me haría pasar una suave y cálida noche.
Sí. Seguro fue eso.
Doblé cuidadosamente mi recién obtenida “cobija”, y me encaminé hacia la avenida. Habitualmente siempre tengo que pasar corriendo como loco cuando paso frente a la tienda, porque la señora de “los tubos” en la cabeza me echa una cubetada de agua helada. Pero hoy no fue así. Se los repito, era mi día de suerte. Cuando apenas iba a encarrerarme para librar el embate del agua fría, la señora de “los tubos” se resbaló y cayó con un golpe seco en la banqueta.
“¡Pero que costalazo!” Diría mi antiguo dueño.
Ese niño me caía muy bien, que lástima que tuvo que cambiarse de casa. Se fue muy lejos y no me pudo llevar con él. Siempre acostumbro mirar hacia la avenida por si regresa, pero eso no ha pasado todavía. Yo no pierdo la esperanza. Menos hoy, en mi día de suerte.
Luego de mi victoria frente a la señora de la tienda, caminé dando saltitos en lugar de correr como siempre. Ya iba a llegar a la avenida cuando un olor atrajo mi atención. Parecía pollo. Empecé a olisquear.
Aspiro, suelto. Aspiro, suelto. Aspiro, suelto, camino. Aspiro, suelto, camino. Aspiro, aspiro, camino.
Si…
¡Era pollo!
¡Algún loco de atar dejó en la basura medio pollo rostizado en perfecto estado!
Si, estaba algo quemado de las alas, y más frío que el agua de la cubeta que me iba a bañar, pero, ¡era pollo!
Y lo mejor es que no había nadie alrededor para amenazar mi botín. Era mi día de suerte. No estaba ni el “Pelos”, ni “Matea”, ni tampoco el atemorizante y fiero “Pirata”. Ese día la calle estaba desierta. Caminé hacia mi pollo con cierto recelo. Un perro que vive en la calle siempre tiene que estar alerta, cualquier cosa podría ser una trampa, en especial las buenas…
Pero todo estaba bien, ¡estaba todo bien!
Comí mi medio pollo con toda la tranquilidad del mundo. Chupe los huesitos y me relamí los bigotes. ¡Que delicia!
Y emprendí el camino nuevamente. Ahora con la barriga llena.
La avenida ya se veía bastante iluminada. Tenía que cruzarla si quería llegar al parquecito. Ahí podría jugar unas horas y olvidarme de mis penas por un buen rato. Y como hoy era mi día de suerte, seguro que me pasaría algo genial cuando llegara.
Cuando me disponía a pasar, algo me detuvo. Fue una especie de palmada acompañada de una voz. Era un humano.
Me estaba avisando algo. Miré hacia el frente y vi que había demasiados carros inundando la avenida. Corrían a gran velocidad, y lo peor, en distintas direcciones, como si unos trataran de adelantarse al paso de otros.
El humano me volvió a hablar. Y no me lo van a creer. Le entendí…
– No sirve el semáforo – dijo

Y comprendí de qué hablaba. Las luces que paraban a los coches estaban apagadas. Eso no me dejaría pasar al parque. Al menos no sin poner en peligro mi vida.
Me acerqué con precaución al humano y lo olí. Había algo familiar en él. Y no me refiero a que lo conociera, sino a que tenía un olor familiar impregnado en sus ropas.
Era un olor a bebé, a cachorro, a perro…
¡El humano tenía un perro! Así que decidí que no era peligroso. Me aproxime a él y lo deje acariciarme. Me sobó la cabeza y luego el lomo. Hacia tanto tiempo que nadie me hacía un cariño… cerré los ojos y me deje llevar…
Recordé a mi joven amigo, como me dejaba frotarme contra sus piernas aunque lo dejara lleno de pelos. Como me acariciaba cuando sus papás me regañaban por hacer pipí adentro de la casa. Como me felicitaba cuando me aguantaba las ganas y conseguía hacer mis necesidades afuera…
Abrí los ojos y el humano me seguía hablando y acariciando. Me platicó de su pequeño perro y de cómo crecía cada vez más. De cómo lo saludaba con alegría cuando llegaba de trabajar y como se dormía en los pies de su cama, tratando de evitar que se fuera y lo dejara todo el día solo.
Me acarició nuevamente. Nunca me ofreció un hogar. Y tampoco nunca se lo pedí. Lo único importante en verdad era vivir ese momento.
Él no se dio cuenta, pero dejé escapar una lágrima. No hay nada que ame más un perro que estar con su humano. Lo demás no importa. Solo interesa estar juntos.
Mi nuevo amigo me dijo que tenía que irse. Pronto abordaría un autobús que lo llevaría a su lugar de trabajo. Asentí y di dos pasos atrás.
Me había hecho muy feliz.
Pude notarlo triste, pero traté de sonreír para alegrarlo. Y él sonrió también.
Así que me di la vuelta. Mejor no decir adiós. ¡Tal vez hasta nos encontraríamos otra vez! Así que regresé a mi guarida dando pequeños saltitos felices. Todo me estaba saliendo bien. Era mi día de suerte…
Pero de pronto el panorama cambio. Todo pareció oscurecerse de pronto. La camioneta del antirrábico apareció frente a mí. Me cerró el paso en la esquina. Tragué saliva. Mi buena fortuna se había acabado de un tajo. Ladré con fuerza, como tratando de espantarlos, pero los hombres del antirrábico solo sonrieron. Se tomaron su tiempo para bajar de su camión, y entonces…
¡Un enorme autobús rojo los embistió! Parecía ser un tipo de autobús escolar… Los arrastró por una distancia bastante larga y luego se detuvo. Los hombres del antirrábico trataron de bajar de su vehículo, pero las puertas estaban atascadas…
Ladré con fuerza y me voltearon a ver. Lanzaron algunas maldiciones y amenazas. Así que ladré otra vez.
No me atraparían en esta ocasión. No hoy al menos.
¡Porque hoy es mi día de suerte!

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