Después de tirar a su amo, el caballo decidió galopar hacia la libertad. Corrió durante horas sin detenerse. Dejo atrás los verdes pastos de la granja. Abandonó los deliciosos arboles de manzana y decidió que podía vivir sin su mullido lecho de paja. Galopó hasta que se le secó la garganta. Extrañó por un segundo los frescos cubos de agua que le ofrecían para calmar la sed. Pero continúo avanzando. Sus ojos se nublaron un poco, le faltaba energía. Echó de menos su roca de sal y los dulces pedacitos de azúcar que le daban como premio por haberse portado bien. Pero no detuvo su carrera. Notó un extraño calor en las patas. La cálida pradera ahora parecía estar hirviendo. Era como si todo quisiera jugar en su contra. Pensó que tal vez era hora de regresar al establo y dormir un poco. Pero pronto recordó que había dejado aquel mundo atrás. Relinchó con furia y lanzó una maldición equina contra sí mismo. Quizá se había equivocado. Si, estaba sometido a los humanos, pero al menos tenía un techo donde pasar la noche. Si, en la granja no tenía voluntad, pero si tenía manzanas, sal y azúcar siempre a su disposición. Si, allá lo tenía todo, y aquí, no tenía nada, solo su libertad…
Desfallecía… ya no podía correr más… justo en el momento en que estaba decidido a regresar derrotado a la granja, un débil brillo surgió en el horizonte. Era azul, hermoso, cristalino… ¡era agua! A solo unos metros, un interminable lago parecía llamarlo. El caballo relinchó de gusto y corrió hacía el agua. Bebió hasta que se le inflamó el estómago. Se puso de pie y se dio cuenta de que estaba rodeado por pasto. Era curioso que no lo hubiera notado. Comió hasta hartarse y decidió que era hora de descansar.
Se echó en la hierba y se dejó cobijar por las estrellas. Durmió plácidamente y ya nunca despertó.
Aquel había sido su último viaje. Él nunca supo que aquel día planeaban sacrificarlo. Era demasiado viejo, y se había convertido en un estorbo dentro de la granja. Lo iban a llevar al establo, a descansar en su mullido lecho de paja. Planeaban darle unas manzanas como ultima cena. Y para tranquilizarlo, le obsequiarían los últimos pedacitos de azúcar que iba a probar en la vida. Luego le darían un balazo en la sien…
Él nunca supo que no había huido de su destino, sino que más bien, había ido a encontrarlo.
Murió como nació, libre. Y eso ni todas las comodidades y lujos del mundo pueden superarlo.